Poema
El Lumbroso
Aquella noche yo estaba tan radiante
que apenas podías verme a causa del resplandor.
Ahora, en incandescente alba,
me encuentro ante tus ojos indefensos.
Alta es la hoguera,
lo suficiente como para oír el llanto de mi ángel.
El Padre Contreras, endeble y vulnerable,
murmura por qué.
Escucha: crepita la voz de las llamas.
Escucha su susurro.
Mi carne se acurruca en el fuego.
Juntos somos testigos de cómo se reduce a cenizas.
Juntos observamos cómo remonta el vuelo.
Tú y yo,
y cómo bailábamos cada vez más cerca de las llamas,
por mi carne, por su desfallecimiento.
Bien sabe tu vieja alma que no puedo morir,
mas tu mente es joven,
y aún no sabe leer en los jalones del firmamento.
Enclaustrado en la difusa luz de mi ocaso,
envuelto y arropado en mí,
estabas en pie rezando,
pidiendo que la luz en la que yo me había convertido
fuera derramada
sobre ti.
Mi aparición revolotea,
transportada por tus sueños.
Cuatrocientos años en el abismo
no pueden borrar
el sello
al que nuestros recuerdos
claman.
Aún puedo abrazarte,
puedo entrar en ti,
insuflar mi eternidad en tu alma.